Avatarrr, la nueva película de Peter Capusotto
Diego Capusotto en el papel protagónico de un abducido por el hippismo en el Uritorco. El director de Cha cha cha detrás de cámara. Un guión de Damián “Melli” Dreizik. El productor de Soy tu aventura. Y un elenco que incluye a Verónica Llinás, Alejandra Flechner, Luis Luque, Juan Carlos Mesa, Víctor Hugo Morales y un puñado de personas con aves bajo el brazo. Pájaros volando está en plena filmación en las sierras de Córdoba.
Desde Los Cocos (Cordoba)
Uno de los recuerdos más recurrentes entre el equipo de filmación de Pájaros volando es el de la tormenta que los sorprendió en medio de una jornada de rodaje. La recurrencia viene al caso porque, en esta noche que promete ser larga –algo que siempre sucede cuando se filma de noche, pero esta noche lo será aún más–, hay unas amenazadoras nubes apiñadas en el horizonte que entregan un curioso show de relámpagos que no se acerca ni se aleja, pero tampoco parece tener intenciones de detenerse. Y los que estuvieron ahí el día de aquella tormenta, dicen que justo así fue como empezó el asunto: con unas nubes relampagueantes e insistentes, que amenazaban con interrumpir el rodaje en cualquier momento. El director y su equipo hicieron entonces lo que marca el oficio: seguir filmando hasta cuando fuera posible. Pero al final de una toma, luego del consabido ¡Corten!, de pronto hubo demasiada calma. El viento había cesado, los rayos también. Lleno de suspicacia, un previsor Néstor Montalbano ordenó levantar el set de inmediato. “Enseguida se largó una tormenta que terminó inundándolo todo”, cuenta Luis Luque, que se apasiona con el recuerdo. “¡El agua me llegaba hasta la rodilla!”
Llegado a este punto, cabe aclarar que los testigos difieren. Hay quien dice que el día del agua hasta la rodilla es uno, y el de la tormenta que cortó súbitamente el rodaje es otro. Pero lo cierto es que el microclima de las Sierras Chicas cordobesas suele ser propicio a esa clase de arrebatos, dicen los que saben, que por lo general son los habitantes del lugar. Y también es cierto que si esas insistentes nubes decidiesen finalmente acercarse, no habría más rodaje en una noche que, si promete ser más larga que lo que generalmente son las noches en los rodajes, es porque Montalbano debe filmar casi cuatro minutos de película –una enormidad, explican– en medio de la nada. “Camino periférico de tierra”, precisa el guión. Ahí es donde reaparece José, luego de haber sido abducido por un plato volador. José es Diego Capusotto, la estrella de Pájaros volando. Desnudo, satisfecho y en paz, en el medio de esa nada José se encontrará con todos sus amigos. O, más precisamente, todos vendrán hacia él. Primero será una Harley Davidson manejada por un hombrecito pequeño y de traje, acompañado por un joven de calzas bastante ajustadas y llamativas. Después será el turno de un gorila hecho y derecho, inquieto por el resultado del partido de Boca. Más tarde llegarán su amigo Julio César, una
policía interpretada por Alejandra Flechner, un Renault 4 lleno de calcomanías y pintadas esotéricas con Luis Luque y Verónica Llinás, y un desfile de personajes de pueblo que terminará con un destacamento de bomberos con autobomba incluido.

1 Juan Carlos Mesa en el rol de Matildo, el dueño de la chacra donde sucede un encuentro cercano del tercer tipo... y empieza la película. 2 El director Néstor Montalbano revisando sus storyboards. 3 Una ex Gamba al Ajillo en acción: Alejandra Flechner en su papel de mujer policía. 4 Miguel Cantilo encarna a uno de los artesanos de Pájaros volando.
Todo eso debe filmar Montalbano esta noche, por eso es que la tormenta no debería suceder. Y no sucede. Lo dicho: el microclima de Sierras Chicas –dondenada casualmente reina el Uritorco– tiene ciertas particularidades. Como la de mantener toda una noche una tormenta relampagueando ahí, al alcance de la mano, como parte del paisaje. Mientras bajo los focos y ante la cámara, en un recodo del camino viejo que va a Capilla San Marcos, sucede otra magia, la cinematográfica. Una que tiene como epicentro a Montalbano, quien a los gritos de “¡Quiero filmaaaaar!” finalmente se ajustará al plan de rodaje. Y a un Capusotto en paños menores que, tapándose entre toma y toma con una coqueta bata, despliega todo su particular talento sin ningún esfuerzo aparente. Porque hace tiempo que el capocómico del país rockero que supimos conseguir –en tiempos en que ser rockero, así como el término país, han sido esterilizados y no significan demasiado por sí solos– parece haber descubierto los méritos de hacer las cosas a su tiempo. Y a su modo.
“A esta altura ya estoy grande y tengo algunos años en el medio como para saber dónde ubicarme”, dirá luego Capusotto con respecto a su relajada actitud ante el fenómeno de su más reciente programa televisivo, Peter Capusotto y sus videos, que no parece tener límite, y ya acumula un libro, radio, DVD y premios y más premios. De hecho, cuando el gran diario argentino entregó su estatuilla del año, Capusotto decidió no moverse de Córdoba aunque estaban dispuestos a fletarle un avión para poder ir y volver sin perder un día de rodaje. “Sólo haría eso en el caso de una emergencia, pero jamás por un premio”, confiesa en la tranquilidad cómplice de Los Cocos el hombre que sabe que la fama –o el rating, digamos– es puro cuento. Porque, asegura, hay programas que pueden tener mucho rating, pero que de un día para otro son reemplazados por otra cosa, porque su funcionalidad es ésa: reemplazar un éxito por otro. “La televisión siempre es masiva: cualquiera te conoce, cualquiera alguna vez te ve”, resume. “Pero el programa, en cambio, tiene aliados de algo que a nosotros también nos gusta ver. Así que, entre lo que tenemos ganas de hacer y lo que tenemos ganas de ver, se termina juntando algo mucho más potente que lo que señalan los puntos de rating, ese relato que hace la televisión de sí misma.”
Por eso los pocos programas del ciclo del año pasado (y este año que recién empieza será igual, adelanta). No por divismo, como se preocupan por aclarar tanto Capusotto como Pedro Saborido, el otro responsable del programa. Sino para proteger
esas ganas, algo que la multiplicidad –libros, radio, DVD– también busca, en vez de obedecer a la necesidad de explotar algo efímero antes de que se termine. “La posibilidad de hacer algo que brille en televisión existe, pero en mínimas cuotas. Uno me parece que tiene que estar ahí, defendiendo esa posibilidad, o si no directamente tiene que estar en otro lado”, resume Capusotto, que tal vez sea –como se arriesga a proponer Verónica Llinás– algo así como el último gran sobreviviente de un linaje que comenzó en aquel under de los ’80. Un artista que en su momento de mayor estrella televisiva se pone –sin ningún vedettismo– al servicio de Néstor Montalbano, director con el que se conoce desde la época de Cha cha cha, y que no duda en calificar como parte suya. “Soy fiel a Néstor, no sólo por un lenguaje que compartimos sino también por la empatía humana que nos une”, dice Capusotto, ahora más Diego que Peter. Aunque ambos –actor y personaje– sean tan fieles a sí mismos que parecen uno solo. Con ustedes, entonces, Capusotto, el aliado. Y los más de cien pájaros –ya sea volando o, por qué no, volados– de la galera de Montalbano.
Por Martín Pérez



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